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domingo, noviembre 13, 2011

Un sorpesivo arrebato de inspiración

Sentado, mirando a la nada y esperando a que la lluvia caiga y me golpee la cabeza llena de pelusa que antes solía ser cabellera. Siguiendo de reojo a las negras nubes que amenazan con eclipsar un radiante sol de mediodía. Sin saber de dónde, llegó sin avisar. No cómo ni por qué. Solo sé que fue sin palabras o frases memorables, sin rostro. Mi boca no albergaba voz y mi voz carecía de aliento. Mis oídos eran sordos. Entonces, me volví ciego… en trance.
Cuando algo empezó a mover mi alma. Quizás el fuego de un dios inventado que me hacía arder las entrañas. Mi mano se movió y escribió en el aire una sola palabra. Sin sonido, sin sustancia, sin sentido, sin secuelas… pura sabiduría para alguien como yo que no sabía de nada.
Y de pronto, el viento empezó a acariciarme la piel. Mis ojos comenzaron a descubrir un sol brillante y las esponjosas nubes blancas que contenían valerosamente el intimidante avance de la oscuridad. Y como en mi enajenación el tiempo no transcurría, se presentó ante mí una poética noche estrellada que me traía de regalo un poquito de todo el universo.
La imponente naturaleza se mostró ante mí, desnuda, sin tapujos ni vergüenzas. Mis oídos escucharon la sinfonía natural, copada de ritmos, melodías, armonías y timbres, formados por el canto de aves exóticas, el chirrido de grillos extraños, los enigmáticos truenos de la selva, las hojas que danzaban con el viento que no dejaba de soplar, el caudaloso río que luchaba por salir de su cauce, las cascadas que golpeaban las rocas y hasta el lejano aullido de un perro sin dueño aparente.
Y sin quererlo, en un tono suave y melancólico, vibraron las primeras cuerdas templadas de una guitarra que no sé de dónde había salido. Mis dedos, ingobernables, bailaron sobre esos trastes al ritmo marcado por toda la naturaleza que me rodeaba. Y encontré mi voz que resucitaba cantando más fuerte que nunca, viéndose opacada solamente por los esporádicos zumbidos de intrépidos mosquitos, abejas y zancudos, que me acompañaban haciendo coros…
Y así el tiempo pasó tan súbitamente, que frente a mí floreció una orquídea silvestre y en ella una mariposa blanca se posó a descansar sus alas, transmitiéndome una paz tal, que supe que había llegado el momento de volver a ser silente.
Cuando lo hice, no se cuánto tiempo había pasado o cuántas canciones había robado de mi entorno antes que alguien más lo hiciera. Lo único que sé, es que así como vinieron, se fueron, desaparecieron. No se dónde, cómo ni por qué. Y solo sé que me dejó sin palabras o frases que recordar. Sin mostrar su rostro. Mi boca fue nuevamente castrada de voz, y a mi voz se le volvió a amputar el aliento. Otra vez quedé sordo y aquella perfecta creación quedó donde pertenecía: en la naturaleza que me la había dejado de gozar por algunas horas y que, en forma egoísta, no podré compartir con algún ser humano jamás…

¡Qué le vamos a hacer! Caballero, así es el fútbol.

lunes, octubre 11, 2010

A´tocj Jahuamusiani

La gente de la capital anda muy de prisa. Si me quedo quieto y mirando al vacío, soy presa fácil de cualquier depredador citadino.
El tren de la vida es muy veloz y no se detiene nunca. Desde adentro, veo pasar efímeros paisajes frente a mí, y no distingo ninguno. El vértigo de la velocidad me hace sentir estar a punto de descarrilarme. Quisiera que el tren se malogre, que se detenga, para así poder bajar y caminar tranquilo por los alrededores.
En un sagrado valle, me siento frente a un inmenso Apu coloreado por andenes, sembríos, construcciones de piedra ruinosas, vegetación silvestre, el Sol que lo ilumina todo y en todo hay sombras que lo matizan. Al pie, un río que baña sus faldas, un altivo cóndor me mira desde arriba y el arco iris corona semejante regalo de la naturaleza.
Las páginas de mi vida, que he escrito hasta hoy, quiero que se conviertan en texto de historia. Un nuevo ser nace en mí justo a tiempo, en esta tierra del ich’u y la papa.
Cae frente a mí, el atardecer y la noche me abriga intempestivamente. No quiero que se repare el tren. Por suerte no hace demasiado frío, así que me recuesto pacíficamente sobre mi espalda. La luna no está llena, pero su lado oscuro ilumina lo suficiente. Y, tendido debajo de tantas estrellas, solo miro e intento escuchar el sonido de mi corazón y del universo cósmico. Soy ahora, mi propia constelación. Ya no hay necesidad de ir afuera cuando llueve. Ya no tengo más apuros…

sábado, octubre 03, 2009

Paz en Medio de la Guerra

No lo hagas a diario. No lo hagas seguido. Sólo de cuando en cuando, cuando la relajación muscular te lo permita y la tranquilidad mental sea propicia. Entonces, haz un verdadero alto en mundo y aléjate de él.

Pero no físicamente, sólo a manera de ejercicio mental, tómate el tiempo para observar meticulosamente la belleza de un cúmulo de personas en -por ejemplo- una cafetería, a las doce del medio día. Ahora Que escribo estas líneas, son las12.11 pm y estoy en una. Me dispongo a recaer en un ritual privado que me gusta realizar desde hace años. Pero es la primera vez que me interrumpo para escribir. Y es que esta vez me provocó compartirlo.

Analizo los comportamientos de esas personas y escucho el ruido indescifrable generado por el conjunto de voces que no distingo.

Es interesante tratar de superponer, indiscretamente, ese ruido en los movimientos labiales de las personas, intentando así interceptar conversaciones ajenas, mientras que le presto atención en los gestos; pero siempre tratando de camuflar mis miradas en escondites oculares estilizados de lunas empavonadas: los “antiroches”.
Trato que no se me escapan las poses, formas y figuras que adoptan los visualizados, los snaks que devoran con la parsimonia propia de quien come por el simple antojo de comer y, los comparo con los hambrientos comensales que lo rodean y diferencio nítidamente la manera de alimentarse.
Las moscas y otros bichos raros, ¡que me distraigan! Les presto atención también y me maravillo con sus radicales movimientos aéreos, envidiados por el más experto piloto de combate.
Esta experiencia la suelo magnificar cuando me ayudo (en estos furtivos escapes) con un par de audífonos que emiten, lo que son para mí los ruidos más tranquilizantes: la trova.
De raro en rato, me descubro ahí sentado solo y empiezo a imaginar qué es lo que los demás pensarán de mí al verme pelucón y sin compañía, escuchando música y tapándome la cara con unos lentes RayBan estilo de “policía de investigaciones”, en medio de tantísimo movimiento, desorden y bulla que me rodea: personas caminando, saludándose unos a otros, comiendo, jugando cartas o simplemente conversando (algunos en voz alta y con risas exageradas)…
Me convierto así, en uno más de los sujetos materia de análisis y yo mismo trato de conjeturar qué cosa hago ahí y en esas circunstancias…
Por lo general, durante la escapatoria, la lectura, la sola compañía y sobre todo la conversación, me estorban. Así que cuando estoy solo, aprovecho y observo la paz en medio de la guerra.