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viernes, junio 04, 2010

¿Y si no me hubiera manchado de sangre?


Sentado con la mirada perdida en el vacío en la banca de un parque… de algún parque. El travieso viento helado que juguetea con los pocos cabellos que por ahora ostento, me recuerda que no tengo una chompa que me abrigue. Apenas tres famélicas palomas picotean el estéril piso de adobes. No hay nadie más. Estoy solo y saco del bolsillo de mi camisa el último cigarrillo marchito que me queda. Se me ve sereno como un pato sobre una laguna, pero mi mente es veloz como sus patas por debajo del agua. Repaso en dos minutos la noche que pasó, y mi vida entera parece un mero chascarrillo.

Estoy cansado, pero no tengo a donde ir. Tampoco tengo apuro. Tengo que encontrar una solución y pronto. La policía está cerca. Mis amigos están todos muertos y los que quedan vivos, no son mis amigos.

Piensa, piensa. ¿Y si Berenice hubiera hecho lo que le pedí? ¿Y si no hubiera ido con Josefo? ¿Y si solo ha sido una causa natural? ¿Y si…? ¿Y si…? ¿Y si…? ¡Basta Alfredo! Deja de pensar en los posibles desenlaces de un único pasado. Este inútil ejercicio de ucronía solo te está haciendo perder el tiempo. Piensa, piensa.

Me puse de pié, cogí una piedra y me acerqué a ella. Estaba lelo. Así se me veía por lo menos. Bueno, supongo que así se me debe haber visto. Me senté en uno de esos adobes decimonónicos y la acaricié. Le quité los cabellos de su rostro. Es el rostro más bello que nunca jamás había visto. Yo siempre la amé por eso, por su cara bonita. Me acerque a su mejilla y luego de rozarla con mi nariz para respirar por última vez su perfume, le di el beso más tierno que pude haberle dado a alguien. Era como si mi corazón estuviera en mis labios. Apreté con fuerza la roca y le machaqué los dientes con todas mis fuerzas.

Cuando su mandíbula estaba ya toda destrozada, y note que habían dispersos miles de huesitos y restos humanos hechos pedacitos, recién me detuve. No se cuánto rato estuve golpeándola y golpeándola, pero cuando acabé, estaba agitado. Transpiraba. Me puse de pie y regresé a mi banca. Ahora las palomas tienen algo que picotear.

Algunos parroquianos empezaron a salir en las primeras horas de la mañana de aquel apacible pueblito de la serranía de este lejano y desconocido país. Pasaban por el parque y preguntaban ¿Qué sucedió? ¿Quién es ella? ¿Quién la mato? Mi respuesta siempre fue la misma: No sé. No la conozco.
No pasó demasiado tiempo antes que llegara la policía. Los curiosos habían hecho un círculo y al centro estábamos el cadáver de Berenice y yo, que no dejaba de mirarla con la pena de verla muerta y sin saber qué es lo que había sucedido. No lloraba porque ya había agotado todas mis lágrimas aquella noche que me la pasé llorado por su partida, pero mi corazón se inundaba en llanto.
Señor, tiene que acompañarnos a la comisaría. Me dijo un rechoncho policía de ridículos bigotitos, que no inspiraba el menor respeto.

¿Y si no me hubiera manchado de sangre?...