miércoles, abril 08, 2026

EL PERUANO YA NO VOTA: CALCULA

En el Perú ocurre algo extraño: somos un país que habla mucho, discute mucho, opina de todo. Abundan más las vocaciones vinculadas a las letras y las humanidades que a las ciencias exactas. Nos gusta interpretar, argumentar, polemizar. Somos, en esencia, una sociedad más cercana al debate que a la calculadora. Y, sin embargo, cuando llega el momento de decidir algo importante, actuamos exactamente al revés: dejamos de pensar y empezamos a calcular.

Lo hacemos todo el tiempo. En el fútbol, por ejemplo; que es "lo más importante de lo menos importante". No basta con ver jugar a la selección: inmediatamente sacamos cuentas, revisamos combinaciones, especulamos con resultados ajenos y armamos ese rompecabezas absurdo de “si Bolivia pierde, si Chile empata, si nosotros ganamos por dos”. Vivimos pendientes de la tabla, no del juego. El problema es que esa lógica, casi pintoresca en el deporte, se ha contaminado la política. Y ahí ya no da risa pues eso sí que es verdaderamente importante.

Hace años que en el Perú las elecciones dejaron de ser una competencia de ideas para convertirse en una carrera de apuestas. Ya casi nadie pregunta quién propone mejor, quién tiene una visión más seria del país o quién defiende convicciones claras. La pregunta dominante es otra: quién tiene más posibilidades, quién está subiendo en las encuestas, a quién hay que apoyar para frenar a otro. Votamos con miedo, con cálculo, con encuestas en la mano. Ya no votamos por convicción: votamos estratégicamente, como si el país fuera una quiniela.

Eso no solo empobrece la democracia; la corroe. Porque cuando el voto deja de ser una expresión de ideas y se convierte en una maniobra táctica, el debate público se vacía. Los candidatos ya no necesitan pensar: les basta con posicionarse. Los ciudadanos ya no necesitan creer: les basta con temer. Y así nos volvemos perfectamente manipulables, sobre todo en un país donde las encuestadoras han demostrado una y otra vez que no son oráculos, sino instrumentos falibles, muchas veces sobrevalorados y a veces funcionales al clima que dicen registrar.

El resultado es perverso: un país que se cree vivo políticamente, pero que en realidad vota acorralado. Un electorado que habla mucho, sí, pero debate poco; que opina bastante, pero reflexiona cada vez menos. Nos hemos acostumbrado a elegir no al que queremos, sino al que “conviene”. Y ese hábito, repetido elección tras elección, está destruyendo el sentido mismo del voto.

Hay que decirlo sin rodeos: votar “estratégicamente” puede sonar inteligente, pero en el fondo es una renuncia. Es aceptar que tus ideas valen menos que la foto de la encuesta del domingo. Es dejar que el miedo decida por ti. Es entregar tu libertad política antes de entrar a la cabina.

La democracia no necesita votantes que calculen como apostadores. Necesita ciudadanos que elijan como personas libres. Vota por convicción, no por estrategia.